Lucho Horna: Copa Davis, Bielorrusia y el mejor fin de semana de mi vida

Nuestro embajador y extenista Lucho Horna nos cuenta la anécdota del fin de semana en el que Perú venció a Bielorrusia y se metió al grupo mundial de la Copa Davis.

Años de compromiso, trabajo, unión, liderazgo y sacrificio nos llevaron a estar en una posición privilegiada para luchar por una posibilidad histórica en el tenis peruano y acariciar por primera y única vez el grupo mundial de la Copa Davis.

Terminado el US Open de ese año nos juntábamos para enfrentar lo que sería hasta ese momento el fin de semana más importante de mi carrera y de la carrera de cada integrante de ese equipo. Dos semanas de preparación, planificada al detalle, desde lo físico y mental, hasta la nutrición.

Turno de la mañana: entrenamiento físico de una hora y media para luego seguir con tenis por dos horas y media más. Luego, descanso en el salón de juegos del club y en la noche, tenis por otras dos horas y terminábamos con una más de físico. Así nos íbamos a descansar para repetir al día siguiente.

Ese fue el programa de dos semanas y media para llegar de la mejor manera posible a esa batalla deportiva de tres días, y poder cumplir un sueño que probablemente, sin darnos cuenta, inició en el Sudamericano sub14 de Guayaquil en 1994, junto a mi compañero y amigo el ‘Chino’ Miranda, en el que quedamos en el tercer lugar y clasificamos al mundial de Japón. Luego, en 1996, fuimos finalistas del Sudamericano sub17 en Bogotá, que nos clasificó al mundial y en 1998, la Sunshine Cup de Florida que nos llevó al sub18. Solo faltaba cerrar el ciclo llegando al grupo mundial de la Davis.

El viernes 21 de septiembre, a las 10 de la mañana, el ‘Chino’ abrió la serie ante Max Mirny. El partido fue duro y sabíamos que el rival buscaría atacar ante la primera posibilidad que Iván le dé, pero estábamos ilusionados y tranquilos, pues Miranda devolvía muy bien y se encontraba en buena forma para poder contrarrestar el juego del bielorruso. Fueron cuatro sets de batalla para darle el primer punto de la serie al Perú y, de esa forma, ponernos en una inmejorable posición para lograr el objetivo. 

¿La vas a malograr?

Fue en ese momento, ante todo pronóstico, que empecé a sentir una presión terrible en el cuerpo. Habían sido años soñando con este momento y por fin estaba llegando ¡y de qué manera! Tenía que ganar mis dos puntos para que todos los titulares digan ‘Perú al grupo mundial’ y yo pueda retirarme tranquilo. Así trataba de pensar para engañar a la mente, pero mi cabeza funcionaba al revés y me preguntaba. “¿Cómo hago para ganar? Si empiezo así de tenso, el físico no me va a aguantar y no logro visualizar un punto positivo del partido”, pensaba en mi soledad previa al encuentro.

Llegó el momento, ante un rival como Volchkov, que ya me había ganado en tres ocasiones previas a aquel encuentro, y las cosas no salían como esperábamos. Abajo en el sorteo, sin encontrar salida, jugando con tensión, sin profundidad en los golpes, lentos de reacción y con muchas dudas en el servicio, las primeras bombas de mi rival empezaron a llegar. Quiebre abajo en los primeros juegos y el primer set se me fue sin ninguna posibilidad. El segundo fue bastante similar, pero la situación se agravaba con el público que seguramente esperaba una historia totalmente diferente y empezaba a desesperarse mandando los primeros mensajes de disgusto ante mi desempeño.

Esperando esto desde muy chico ¿Y malográndola de esta manera? “Dale, Lucho, tienes que salir de esta, solo piensa en el próximo punto y nada más”, me decía a mí mismo. Era una lucha mental entre el yo bueno y el yo malo, esos dos personajes que cada tenista tiene dentro de su cabeza y en que siempre gana el que tiene mayor poder de convencimiento. Aquel día parecía que el malo se llevaba la partida.

La situación no cambiaba, quiebre abajo rápidamente en el tercer set y me ponía frente a una situación que no había logrado nunca, levantar dos sets a cero y quiebre abajo en el tercero, situación algo complicada. Con 4-2 abajo, sacaba 15-40, prácticamente doble punto de partido para él y continuaba pensando en solo ganar el próximo punto. Así, un par de errores no forzados de mi rival y un acierto mío permitieron que recuperemos ese juego y pueda respirar un poco más tranquilo.

Con 3-4 todavía seguía el quiebre abajo, pero la situación era mejor que si hubiese estado 2-5, por lo que mi cabeza empezó a funcionar mejor. “Una chance te va a dar, solo necesitas agarrarla y saber que el partido se empareja”, me repetía. La oportunidad llegaría y llegó, recuperé el quiebre, la confianza siguió subiendo y mis pulsaciones bajaron un poco para poder ver una ventana de esperanza y darle vuelta a un partido que parecía totalmente perdido. De esa manera gané el tercer set y en el cuarto, con 2-2, se suspendería el partido por falta de luz. “Seguimos vivos”, me dije, mientras pensaba en que mañana sería otro día importante.

¡A definirlo!

Regresamos el sábado un poco más temprano de lo normal, calentamos unos 45 minutos, tratando de poner el cuerpo y la mente en contexto para tratar de encontrar esa sensación de que por más que estaba abajo en el resultado venía mejor que mi rival. Empezó el partido y la historia tenística no fue muy diferente, seguía jugando corto, sin peso y lento de reacción, pero mi cabeza se había puesto en modo Copa Davis, y es que, si bien era temperamental e inestable en el circuito, en la Copa Davis era otro el cantar, sabía que me tenían que pegar un tiro para dejar de luchar y que no sería fácil quitarme de las manos esa oportunidad.

Ganamos el cuarto set y nos pusimos adelante en el quinto, 4-2 arriba y tenía muchas ganas de volver a quebrar para darme el mayor margen posible para cerrar el partido.

Con 40-40 y Volchkov al servicio, llega la jugada en la que entra a la volea y me juega a contra pierna, solo había una opción ya que me agarro a pie cambiado, y solo podía tirarme de palomita para pasarlo con un tiro sutil por la paralela ya que él se había quedado parado pensando que no llegaría. Creo que todos pensábamos que no llegaría, pero como si fuera un niño tirándose en el jardín de su casa jugando Wimbledon con 8 años -imaginándose ser Boris Becker- pude conectar y ganar el punto para después quebrar y terminar cerrando el segundo punto de la serie.

Ese sábado no quedaba mucho por hacer, el dobles tendría que quedar en las manos de los más jóvenes y el Chino y yo descansar para el dar la estocada final el domingo por la mañana. Teníamos dos opciones, podía cerrar yo ante Mirny o de lo contrario tendríamos una posibilidad más con el Chino que venía con confianza ante Volchkov. “Llegó el momento Lucho, todo lo que luchaste por llegar acá ahora está en tus manos ya sabes cómo entrar hoy, atento en las devoluciones, y con pausa para tirar el primer tiro cuando suba a la red , ya lo conoces y sabes que siempre se juega a un lado justo antes de que tú pegues el tiro , así que marca una pequeña pausa”, fueron las palabras de Pancho, mi entrenador, que me daban algo de tranquilidad.

Habíamos jugado tres veces con dos victorias para Mirny y una para mí, que había sido la última. Así empezó el partido y, a diferencia del anterior, me sentía firme, rápido, con claridad y solo trataba de que la cabeza no se adelante y mantenga la calma para poder tomar las posibilidades que me daba el rival. El primer set fue para nosotros, el segundo igual y en el tercero, con quiebre arriba, mi cabeza empezaba a susurrarme que todo estaba siendo demasiado tranquilo para ser verdad. “Tomate tus tiempos, que todo sea en cámara lenta y maneja los ritmos”, me decía Jaime en los cambios de lado, pero tal cual un niño pequeño, el final del tercer set fue todo lo contrario: apresurado, ansioso y en cámara rápida, se me fue la posibilidad de cerrar el partido y la eliminatoria.

Punto final

Seguíamos 2-1 arriba, en el partido y en la serie, por lo que intentaba tranquilizarme con un poco de piscología barata tratando de engañar a la mente. “Si hace dos semanas te decían que estarían en esta situación ¿Firmabas? Claro que sí”, me repetía para no bajonearme. En el cuarto set, Mirny ya no era el mismo que al principio, el servicio venía más rápido, parecía que había crecido cinco centímetros, ya que cada vez que tomaba la red era casi imposible pasarlo, jugaba agresivo y solo me permitía hacer lo que estaba dentro de mi control (muchos primeros saques adentro y tomar el control con la derecha), pues su servicio pasó a ser como atajar penales en el fútbol.

Nos mantenemos saque a saque hasta el final del set, y en la única oportunidad que me da logro quebrar su servicio para poder sacar por la serie. “Tomate tu tiempo tomate tu tiempo”, me repetía Jaime, y nuevamente como un niño, todo lo puse en cámara rápida y en tan solo segundos estaba 6-5 abajo en el cuarto set y me tocaba sacar para mantenerme vivo. Emparejamos en 6-6 y, como tenía que ser, definiríamos el set en muerte súbita, los penales del tenis.

En ese momento me llegó la paz, logré separar las cosas, encontré la respuesta que muchas veces buscaba sin éxito. Como si fuese película, todo se puso en off, en cámara lenta, y solo escuchaba el sonido de la pelota cuando chocaba con la raqueta y el piso. Tenía tiempo para tomar las decisiones, leía cada servicio, veía cada jugada y podía elegir el tiro correcto. Así llegamos al punto de partido.

“Saque abierto por derecha, te acomodas y aceleras con tu mejor tiro, pero acelera que se viene a la red”, me decía. La ejecución fue tal cual lo pensado y la espera de tantos años esperando clasificar al grupo mundial había terminado. La espalda contra el piso y la avalancha de todos. Fue, hasta el día de hoy, el mejor fin de semana de mi vida tenística, y uno de los más importantes de mi vida. Un sueño de niño que se fue convirtiendo en realidad, años de entrenamiento, de compromiso y sacrificio que nos unieron como equipo y nos regalaron la satisfacción de lograr un objetivo como grupo.